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Foto: Naldy Rodríguez/ EL UNIVERSAL Veracruz
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Xalapa   
Armonía y contrapunto de Lanfranco
La música ha sido su pasión, pero la vivió tardiamente
Por: Naldy Rodríguez | 2017-03-19 | 08:07

Mil 300 butacas y una mezcla de estructuras en las que resalta la madera de encino y el lucernario en toda su longitud, por donde entra una luz tenue, se encuentran de frente al escenario que hace vibrar un hombre en solitario, pero en armonía con 95 músicos y más de 20 instrumentos.

Desde la fosa teatral, al brasileño Lanfranco Marcelletti marca el ritmo que resuena en todo el recinto de forma rectangular, en el que decenas de hombres trabajaron durante siete años para lograr una acústica perfecta como la superioridad que busca en cada ensayo y concierto.

Se pelean su presencia en Argentina, Bélgica, Chile, España, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, México, Polonia y Rusia, pero este genio obsesivo de la música prefirió quedarse en Veracruz a dirigir la Orquesta Sinfónica de Xalapa, donde lleva cinco años.

Cumple dos décadas y media de dirigir orquestas en diferentes partes del mundo y con numerosos reconocimientos; aunque –dice- llegó tarde a la música. Los grandes artistas a los que admira como Mozart, Bethoveen y Bach empezaron a muy corta edad, algunos a los 8 años ya daban conciertos. Él en cambio pudo asistir a uno como espectador hasta los 13 años.

 “Mucha gente dice que yo tocaba muy bien, pero me costaba mucho. Es como empezar un deporte muy tarde”, confiesa Lanfranco, quien también se dedicó 10 años a impartir catedra de dirección orquestal de la Universidad de Massachusetts en Amherst, EUA.


(Foto: Naldy Rodríguez/ El Universal Veracruz)

De piel blanca, cabello castaño -con algunas canas que evidencian más su madurez- y ojos marrón enmarcados por unos lentes, Lanfranco Marcelletti tiene su estilo muy particular en cada concierto. Se sienta, se levanta y se reclina en la silla con movimientos rápidos pero poco perceptibles, pareciera que con su cuerpo también expresa a los músicos su sentir. Después les da la espalda -entre cada pieza- para tener un acercamiento con el público y explicarle la historia y particularidad de su música. Al finalizar el concierto, sigue la charla con cuanta persona se le acerque.

En la sala Tlaqná, ubicada en el corazón de la zona universitaria de la capital veracruzana y el espacio acústico más importante en su tipo en México y América Latina, parece sentirse como en su casa. Durante un receso entra a camerino, se cambia de ropa y sale a desayunar, mientras rememora sus inicios y el tiempo que le llevó convencer a su padre de que realmente deseaba un piano. Después tardaría muchos años más en persuadirlo de que la música es su vida.

El Murcielago

Originario de Recife, Brasil, a los siete años descubrió la música que marcaría su vida: la obertura El Murcielago de Johann Strauss, una opereta cómica en tres actos que se estrenó en 1875. Recuerda bien que día era y las sensaciones que tuvo.

Habían regalado a su papá, discos de colección con música clásica, de cine, mambo, ópera. Se las ingenió para hacer sonar el tocadiscos que había en su casa,  puso el acetato y casualmente era de orquesta, sinfónica, la primera pieza era de Johann Strauss.

“Era un sábado por la mañana, estaba jugando con mi hermano y tuvimos que mover un mueble enorme. De ahí no paré de escuchar esos discos, pero el que más me llamaba la atención era el de orquesta”, dice.
Desde el jardín de niños, descubrió “el piano”, su maestra le cuenta que se ponía en el instrumento musical y de ahí no se quitaba. A los siete años, le dijo a su padre que quería uno, pero era muy costoso para la familia. En su lugar, le compró cassets con música de orquesta.


(Foto: Naldy Rodríguez/ El Universal Veracruz)

“Fue hasta los 12 años que hice un trato. Los convencí porque no me gustaban los deportes, yo le dije a mi papá: yo hago un deporte, pero tú me dejas tener clase de piano. Me dijo esta bien, tú tienes clase de piano, pero no te compro el piano hasta dentro de un año”.

A diferencia de grandes artistas, la música no corre por las venas de su familia, ninguno de sus parientes toca un instrumento, es más ni siquiera les gusta la música de orquesta. Acuden a sus conciertos en ocasiones especiales para respaldarlo y demostrarle su afecto.

La música no era la vocación de sus padres, ellos eran pasteleros: su papá no pudo estudiar, abandonó la escuela a los 11 años porque tenía que trabajar. Y su mamá, como mujer, no podía tener educación, terminó la secundaria y después tomó algún curso para féminas que se querían casar.

“Yo empecé con el piano, así que realmente yo quería ser pianista, nunca pensé en ser director”, expresa, mientras describe su primer piano: era usado y muy malo, pero era el sueño de su corta vida.

Un camino sinuoso


No tiene tiempo. Mientras habla de su formación profesional, toma un sorbo de agua de coco -quizas le recuerda a su natal Brasil- y da una mordida a un sandwich casero de pan integral. Eso sí, meticulosamente envuelto y ordenado.

Perfeccionista y obsesivo, el brasileño lleva 27 años en terapia, quiso ser sicoanalista, matemático o filósofo, y por momentos –que se convirtieron en años- abandonó el camino de la música. En un español fluido y acelerado, el director de la Orquesta Sinfónica de Xalapa cuenta que la primera vez que fue a un teatro tenía 13 años y de ahí tardó mucho tiempo en empezar su formación profesional.

A los 17 años -con muy poco tiempo de practica no profesional de piano-, una maestra de Viena dio un curso en su natal Recife. Esa mujer lo miró a los ojos y le dijo: “tú tienes mucho talento, ven a estudiar conmigo a Austria”. En su casa se opusieron así que siguió su vida, terminó la prepatoria e ingresó a la universidad a cursar Ingeniería Química, porque tenía que estudiar cualquier licenciatura, menos música.

En realidad solo hizo un semestre de esa carrera, al terminarlo, convenció a sus padres de viajar a Viena. Prometió que serían solo seis meses, pero se convirtieron en ocho años. “De ahí me fui quedando en Europa, mis papás fueron aceptando”.

En esa etapa de su vida tuvo su primer acercamiento con las materias que un director tiene que aprender, dirección y composición. Ahí debes hacer armonía, contrapunto y orquestación. Terminó su licenciatura y maestría en Zurich, en Suiza. Y después se fue a vivir a Italia.

 

A los 25 años tuvo una crisis personal,  entre otras razones porque pensaba que nunca iba a tocar como la gente que admiraba: Rubistain, Mozart, Strauss. Así que regresó a Brasil, a Sao Paulo con su hermana, ahí trabajó en un programa de televisión musical como asistente de producción.

Fue en ese espacio televisivo que conoció a Ronaldo Bologna, un importante director de orquesta de Brasil, quien lo volvió a encaminar por la música,  lo enseñó a dirigir y mirar una partitura. Él le dio rumbo e inspiración.

Aun así su papá lo hizo regresar a Recife y trabajar con él en la pastelería. Seis meses bastaron para que se diera cuenta que la vida de su hijo giraba en torno a la música y le diera el mejor consejo: “se un maestro de piano, se pobre, pero se feliz”. Esas palabras lo “liberaron”.

Inmediatamente lo llamaron para ser profesor de piano en el conservatorio de Brasil y poco después se convirtió en asistente de director y regresó a dar clases de música de cámara. Con grupos pequeños, pudo aprender cómo funciona cada instrumento, esencial en la labor que hoy realiza.

Desde ahí ya no interumpió más su trayectoria profesional. Ha recibido reconocimientos por las producciones dirigidas en el Rossini Opera Festival de Pesaro, Italia; en el Glimmerglass Opera Festival del New York City Opera; en el Commonwealth Opera de Massachusetts; en el Teatro Calderón de Valladolid; en la Italian Operatic Experience y en Albany University, pero él no los presumé, de lo que sí enorgullece es de las personas que lo guiaron en su preparación.

Siempre le ha gustado trabajar con personas. Aunque en la orquesta, confiesa, se siente muy solo: “Ese sitio es muy solitario, a veces me choca y me asusta, pero me gusta hacer cosas que de alguna cierta manera tengo que trabajar con personas”.

Son 95 personas en la Orquesta Sinfónica de Xalapa de diferentes edades y nacionalidades, con 20 instrumentos diferentes, dice. Y lo compara con el piano que tienes 88 teclas.



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